Las divergentes opiniones que un ciudadano español, nombrado Olmo, leía sobre la Revolución cubana, lo llevo a viajar a Cuba para conocer la opinión del pueblo cubano. En el escrito que esta visita generó titulado “LAS DOS VERDADES DE CUBA: ¿HABLAMOS DEL MISMO PAÍS?” (reproducido abajo) vemos un entendimiento de la realidad en la isla que pocos turistas conciben, o mas probable es que ni la vean.
El autor describe que lo primero que encontró es que existen ”dos tipos de opinión, en función de si la persona que se expresaba llevaba traje o no: así, todos los guías turísticos, choferes, recepcionistas…” se expresaban con orgullo sobre la Revolución. Sin embargo, “la gente de a pie, la que te encontrabas por la calle rogándote por un par de pesos convertibles o por una pastilla de jabón, no dudaba en criticar al régimen, en asegurarnos las dificultades que tenían para salir adelante, para moverse dentro de la isla, para modificar su dieta en lo más mínimo, para cambiar de vivienda, para acceder a Internet o para entrar en algunos locales reservados para extranjeros.”
También vemos al autor entrometiéndose en áreas que los extranjeros siempre han considerado como grandes logros del gobierno cubano. Leemos, por ejemplo, que “los adolescentes tienen que “pagar” su educación gratuita con trabajo también gratuito en las plantaciones o ingenios, la mayoría de azúcar.” Algo similar descubre en el campo de la medicina donde por su artículo vemos que “la masificación existente (hasta treinta pacientes por habitación) en unos hospitales que se encuentran en la más absoluta ruina, donde cualquier medicamento que lleves es recibido con lágrimas de gratitud, donde las aspirinas se toman a cuartos para no malgastar y donde en muchas ocasiones la anestesia es substituida por acupuntura u otros tratamientos alternativos. También es cierto que un médico cubano obtiene un salario mensual de unos 20 (veinte, sí, no me he dejado ningún cero) dólares al mes (unos 500 pesos).” Además podemos leer desastres similares en el tema de la vivienda del cubano.
El autor continua en otros temas y llega a varias conclusiones, terminando proponiendo posibles soluciones. Es en una de estas conclusiones que pierdo el hilo de la lógica en su escrito. Olmo dice “Es cierto que la mayor parte de la culpa recae en la política exterior norteamericana.“ Me pregunto: ¿Cómo es posible que estos desastres que hemos leído, causado en su mayoría por las prohibiciones y el control que el gobierno cubano impone sobre sus ciudadanos, sea la responsabilidad de los EEUU? ¿Los EEUU le impuso a Cuba todas estas medidas absurdas que Olmo describe, y muchas otras? ¿Es que Cuba legisla hacia sus ciudadanos dependiendo de la política americana? ¿Esto es ser soberano?
Cuba, si desea el bienestar de sus ciudadanos, tiene que tomar responsabilidad de crear las condiciones que conduzcan a esta meta; y ahí no se llega evadiendo este compromiso con el pueblo echándole la culpa a la política exterior de otro país que no tiene nada que ver las leyes internas de un sistema que impide el desarrollo.
José A Hernández, MD
Presidente, CubaResponde.
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ELPAIS.COM
Escrito por: herasolmo el 23 Jul 2008 – URL Permanente
Hace no mucho tuve la oportunidad de leer un artículo de Frei Betto (1), publicado en la revista online de la Agencia Latinoamericana de Información (www.alainet.org) el día 19 del mes pasado, con motivo de la renuncia al poder de Fidel y de la visita del propio Frei Betto a Cuba en enero. En dicho artículo el autor se dedica a elogiar al régimen cubano con datos de alfabetización e índices de desarrollo humano que, cierto es, quedan fuera de toda duda, y que paso a resumir: un 99.8% de alfabetización, 70.594 médicos para 11.2 millones de personas (1 médico por cada 160 habitantes), un índice de mortalidad infantil del 5.6 por mil (cuando en USA es del 7 por mil), etc. También dice que en su visita a la isla en enero no vio ningún indicio por parte de ningún sector de la sociedad civil de descontento con el régimen ni, por lo tanto, de que una revuelta interior vaya a obligar a Raúl Castro a plantearse la convocatoria de algo parecido a unas elecciones democráticas.
Frei Betto carga también contra los Estados Unidos de América, citando el bloqueo, la base naval de Guantánamo y los cinco “héroes” cubanos (espías del régimen enviados a Florida con el objetivo de infiltrarse en los grupos cubanos de la oposición en el exilio y actualmente prisioneros en cárceles estadounidenses). Aprovecha, en lo que personalmente me parece un ejercicio de cinismo innecesario e impropio de un fraile (”Frei” es el equivalente a “Fray” en portugués), para asegurar que “ninguno de los que salieron del país continuó la defensa de los derechos humanos al insertarse en el mundo encantado del consumismo”, refiriéndose a los balseros y otros miembros de la oposición cubana en el exilio.
Ante opiniones como ésta, absolutamente en las antípodas de, por ejemplo, los cuatro miembros de la oposición cubana a los que el gobierno español dio asilo hace unas semanas, a los ciudadanos más o menos de a pie se nos hace llegar a la conclusión de que, una de dos, o estamos hablando de dos cubas distintas o estas reflexiones tan agriamente enfrentadas no responden tanto a la realidad como a amiguismos, intereses (en ocasiones inconscientes) e interpretaciones muy parciales y personales de la realidad, en ocasiones, eso sí, marcadas por experiencias personales o muy cercanas donde lo que ha prevalecido es la injusticia, el dolor y la opresión.
Fui a Cuba hará un año y medio. Como turista, eso es cierto, pero intentando en lo posible mezclarme con el pueblo y conocer su opinión, esa que les fue robada hace casi un siglo. Lo primero que debo decir es que me encontré con dos tipos de opinión, en función de si la persona que se expresaba llevaba traje o no: así, todos los guías turísticos, choferes, recepcionistas… nos hablaban con orgullo de sus condiciones laborales, los idiomas que hablaban y escribían, sus estudios (que cursaron gratuitamente hasta el final y que en ocasiones incluían varias carreras), su sanidad pública, la injusticia a la que se ven sometidos por culpa del bloqueo estadounidense, etc., mientras que la gente de a pie, la que te encontrabas por la calle rogándote por un par de pesos convertibles o por una pastilla de jabón, no dudaba en criticar al régimen, en asegurarnos las dificultades que tenían para salir adelante, para moverse dentro de la isla, para modificar su dieta en lo más mínimo, para cambiar de vivienda, para acceder a Internet o para entrar en algunos locales reservados para extranjeros. Al igual que pasa con lo que lees en los periódicos o lo que opinaría Gabriel García Márquez, por ejemplo, si lo comparamos con la opinión de Gloria Estefan o Alejandro Sanz, es difícil saber cuál es la situación real, por lo que al final mi pareja y yo optamos por buscar la verdad en los ojos de la gente, donde lo que encontramos fue hartazgo, hastío y, sobre todo, fatiga. Fatiga porque cincuenta años de esperanza se han quedado en eso: en esperanza, pero sin resultados. Fatiga por una libertad que no llega. Fatiga por la miseria (hambre, no, pero sí una extrema pobreza y falta de productos básicos, sobre todo en las ciudades del interior). Fatiga, en definitiva, por un montón de promesas incumplidas medio siglo después de ser formuladas. Fatiga porque nadie sabe quién es el culpable (como diría Sabina, que tengan la culpa Clinton o Fidel, a mí, mire “usté”, lo mismo me da), pero la situación hace ya décadas que es insostenible.
No le discutiré a Frei Betto los datos que ofrece, a todas luces incuestionables, pero sí intentaré poner sobre la mesa la otra verdad, esa que no menciona:
Es cierto, por ejemplo, que la educación es gratuita hasta los niveles superiores, pero también es cierto que los adolescentes del mundo rural tienen que “pagar” su educación gratuita con trabajo también gratuito en las plantaciones o ingenios, la mayoría de azúcar. A falta de una maquinaria adecuada la cosecha de la caña de azúcar se realiza con utensilios muy rudimentarios, como por ejemplo guadañas. El resultado son decenas de miles de inválidos y mutilados por cortes en las piernas que, aunque cobren una pensión por invalidez, tienen que recurrir a los artilugios más ingeniosos imaginables (por ejemplo bicicletas cuyos pedales se accionan con las manos) para llevar una vida que se asemeje en algo a lo normal ante la falta de aparatos ortopédicos. También es cierto que muchos (sobretodo muchas) de estos graduados han de recurrir a la prostitución u otras formas no deseables de obtención de los muy deseados pesos convertibles para poder subsistir de forma digna.
Es cierto el alto índice de profesionales de la medicina que hay en Cuba (no sólo médicos: también enfermeros, dentistas, etc.), y que mucha gente de otros países se dirige a la isla para someterse a operaciones o tratamientos. No se puede negar tampoco que Cuba es el país de América donde la esperanza de vida es más alta después de los Estados Unidos y Canadá, siempre y cuando consideremos fiables los datos que se nos ofrecen. Pero no menos cierta es la masificación existente (hasta treinta pacientes por habitación) en unos hospitales que se encuentran en la más absoluta ruina, donde cualquier medicamento que lleves es recibido con lágrimas de gratitud, donde las aspirinas se toman a cuartos para no malgastar y donde en muchas ocasiones la anestesia es substituida por acupuntura u otros tratamientos alternativos. También es cierto que un médico cubano obtiene un salario mensual de unos 20 (veinte, sí, no me he dejado ningún cero) dólares al mes (unos 500 pesos).
Es cierto que todo cubano tiene casa, y gratuita en la mayoría de los casos, al igual que la luz y el agua. También es cierto, empero, que la vivienda es gratuita porque en realidad es propiedad del estado, que los edificios están en la más absoluta ruina, que no existen los ascensores ni cualquier otro tipo de “lujos”, y que muchos cubanos están obligados a permanecer en el mismo lugar durante toda su vida por miedo a que el estado vuelva a recuperar su hogar si se marcha. Es cierto también que para un cubano medio es prácticamente imposible cambiar de provincia de residencia, e incluso debe obtener unos permisos especiales para viajar no ya fuera, sino dentro de la isla.
Es cierto que la mayor parte de la culpa recae en la política exterior norteamericana. Desde Eisenhower hasta George W. Bush, todos y cada uno de los presidentes de los Estados Unidos de América han intentado, de una forma o de otra, acabar con el régimen establecido en la isla. Fidel Castro se enorgullece de contar por centenares las veces que se ha intentado acabar con él. El bloqueo decretado por Kennedy tras el ridículo de Bahía Cochinos y la crisis de los misiles, y que perdura hasta hoy, ha de mostrado a lo largo de más de cuatro décadas que no sólo no ayuda en absoluto al pueblo cubano, sino que, muy al contrario de debilitar al régimen, lo que hace es fortalecerlo, al menos en lo moral, y no sólo dentro de las fronteras cubanas. Así, el régimen castrista aparece a ojos de personajes de demostrado calado intelectual como pueda ser Frei Betto, Julio Cortázar o incluso el cineasta estadounidense Oliver Stone como el régimen de la resistencia al imperialismo estadounidense, ese imperialismo que, cierto es, durante el último medio siglo ha regado el mundo de sangre (valgan los ejemplos de Corea, Vietnam, Iraq o Panamá) por puro terror a perder su supremacía y por miedo a que aquellos que puedan estar planteándose el hecho de desobedecerles en lo más mínimo vean algún precedente exitoso al que aferrarse. Pero no menos cierto que todo esto no ha sido sino una excusa para Fidel y su cúpula, que lo que dice haberse hecho por el pueblo cubano no ha sido sino pura erótica del poder, y que aquellos que dicen -que decimos- ser de izquierdas y viven –vivimos- muchísimo mejor que el 99,9% de los cubanos no deberían –deberíamos- quedarse –quedarnos- con los brazos cruzados ante tanta injusticia. Dice Frei Betto que el cambio llegará a Cuba cuando cese el bloqueo, se desmantele Guantánamo y se libere a los cinco héroes cubanos, y tiene toda la razón. Pero es una pena que se olvide de los presos de conciencia que se hacinan en las cárceles cubanas, de las familias mutiladas porque –recordemos- el que sale de Cuba no puede volver, de las oficinas de los CDR en todas y cada una de las manzanas y barrios del país, y que no pida algo tan sencillo como los derechos de expresión, prensa libre y unas elecciones democráticas a las cuales se presente todo aquel que lo desee.
Cuarenta y nueve años después se habla de revolución en Cuba (”revolución inconclusa”, como diría Llamazares), pero… ¿se puede hablar de revolución cuando quienes se han mantenido en el poder todo el tiempo han sido los mismos? ¿Se puede hablar de revolución cuando la mayoría de líderes cubanos pasan de los 70 años? ¿Cuando tras la jubilación de un dictador le sucede su propio hermano? ¿Cuándo no hay elecciones libres? ¿Cuándo no se puede decir lo que se piensa? ¿Cuándo es noticia que los pocos que se lo puedan permitir puedan comprarse libremente un DVD o una tostadora?
Tal vez la solución sea el cese del bloqueo. Tal vez pase por una amnistía previa a la convocatoria de elecciones libres y democráticas. Lo que parece cierto es que lo primero no sucederá sin lo segundo, i viceversa. Por lo tanto, lo deseable sería que toda esa calaña que tanto dice querer el bienestar de los cubanos se sentara en una mesa dispuesta a encontrar una solución rápida (y seguro que fácil) a la situación creada.
(1) El artículo al completo puede leerse en: http://www.alainet.org/active/22273?=es
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