Cuba is running out of toilet paper
Friday, August 28th, 2009Cuba is running out of toilet paper
Fareed Zakaria - August 2009
Cuba is running out of toilet paper
Fareed Zakaria - August 2009
Tue Jan 27, 12:03 PM
TORONTO (Reuters - link) - Sherritt International shares plunged to a two-day loss of 25 percent on Tuesday, as investors fretted that its oil concessions in Cuba could be revoked and the company’s chief executive took a leave of absence.
Sherritt, which is based in Canada but has key oil and metals assets around the world, said in a statement that CEO Jowdat Waheed had taken a leave to deal with a family health matter. He will be replaced by Ian Delaney, the company’s chairman.
However, one analyst said the pressure on the stock was more likely tied to worries about Sherritt’s Cuban oil assets, after Havana revoked a 16-year-old production sharing agreement on Friday involving Sherritt and small Canadian oil producer Pebercan .
The decision to revoke the agreement — which accounts for 26 percent of Sherritt’s Cuban oil production — raises concerns about the company’s other, 100 percent owned concessions there, said John Hughes, an analyst at Desjardins Securities in Toronto.
“The market is concerned that Sherritt will lose all of their exposure to oil in Cuba,” said Hughes.
“It appears that the Cuban government is not paying for past receivables, or future receivables.”
Pebercan has said the Cuba’s national oil company, Cupet, has been late with payments in recent years.
Fears that Cuba could one day nationalize Sherritt’s assets — which also include the Moa nickel joint venture — have at times dogged the company’s stock.
The shares were down 43 Canadian cents, or 12.7 percent, at C$2.96 on the Toronto Stock Exchange on Tuesday, after falling 14 percent on Monday.
Company officials have played down the significance of the shift in power in Cuba to President Raoul Castro from his ailing brother Fidel.
($1=$1.23 Canadian)
(Reporting by Cameron French; editing by Rob Wilson)
Después de medio siglo de revolución, la economía de la isla está en bancarrota
MAITE RICO
Madrid - 05/01/2009
El máximo líder cubano, Fidel Castro, y su hermano Raúl, presidente del país, han decidido pasar de puntillas por el 50º aniversario de la revolución que los aupó al poder. Y es que la población, sumergida en la lucha por la supervivencia, no está para celebraciones. El régimen esgrime “los huracanes y la crisis financiera internacional”, además del embargo estadounidense, para explicar el hundimiento de la que fuera la tercera potencia económica de Latinoamérica en 1957. Los economistas, y muchos cubanos de a pie, califican de “coartadas” esas razones y culpan a un “sistema disfuncional y totalitario”.
Los cubanos viven peor hoy que hace 50 años: lo dicen ellos y lo confirman las estadísticas. Desde que Moscú suspendió los subsidios en 1990, la isla no levanta cabeza y la producción está paralizada. El salario (un promedio de 400 pesos o 15 euros al mes) no alcanza para cubrir las necesidades básicas de una familia, como ha reconocido el propio Raúl Castro. Los alimentos que se reparten con la cartilla de racionamiento apenas dan para una semana.
Las penurias se han agudizado con la introducción de la doble moneda: los cubanos reciben el sueldo en pesos, pero deben comprar toda una serie de artículos en pesos convertibles o CUC, rebautizados popularmente como chavitos. Un CUC equivale a 24 pesos nacionales (un euro). Los pesos sirven en las bodegas de alimentos subsidiados, en las tiendas de ropa reciclada (de segunda mano) o en las guaguas. En cambio, la carne de res, la leche, buena parte de las medicinas, la ropa nueva o los electrodomésticos tienen que pagarse en CUC y a precios estratosféricos. En la tienda Palco, por ejemplo, un litro de leche vale 3,17 dólares (2,28 euros) y una lata de atún, 4,27 (2,3 euros). El Estado pretende así recuperar el circulante en divisas y reducir el déficit público.
El problema es que sólo los cubanos que tienen contacto con el turismo, trabajan en empresas mixtas o reciben remesas de familiares en el exilio pueden acceder al CUC. La mayoría de la población sólo maneja pesos y pasa necesidades. “La brecha social es cada vez mayor y la desigualdad en el ingreso se ha duplicado”, comenta desde La Habana el economista Óscar Espinosa.
Cuando Raúl Castro permitió el acceso a ordenadores y telefonía móvil, muchos cubanos se encogieron de hombros. “¿De qué me sirve?”, pregunta Sara, que acaba de licenciarse como programadora de Informática y gana 400 pesos al mes. “¡Si ni siquiera puedo comprarme unos zapatos decentes! Una computadora vale 1.000 CUC, y el teléfono móvil, 60 CUC, más otros 121 la línea. Y a ti no te pagan en chavitos. ¿Cómo tú vas a comprar nada?”.
Carmelo Mesa-Lago, profesor de la Universidad de Pittsburgh, no duda en calificar de “desastrosa” la política económica cubana de los últimos 50 años, jalonada por “la colectivización y la centralización, siete cambios de organización económica, cuatro cambios de estrategia de desarrollo y destrucción del incentivo individual”. Sonados y costosos fracasos, como el empeño de Fidel Castro por lograr una zafra de 10 millones de toneladas de azúcar, criar vacas que dieran leche de sabores o establecer plantaciones de café a una altitud inadecuada, reflejan las arbitrariedades de un régimen que ha sobrevivido gracias a los subsidios externos.
La caída de la URSS puso fin a unas ayudas de 65.000 millones de dólares (cinco veces el Plan Marshall con el que EE UU contribuyó a la reconstrucción europea tras la II Guerra Mundial). Comenzó entonces un periodo de penurias del que la isla no ha salido todavía, a pesar de que Venezuela tomó el relevo, en 1999, como benefactor de Castro: Hugo Chávez suministra a Cuba el 57% de sus necesidades de combustible a precios preferenciales, que en 2008 supuso un subsidio de entre 2.500 y 3.000 millones de dólares.
Si en 1957 sólo Argentina y Uruguay superaban a Cuba en renta por habitante, hoy la economía cubana es la penúltima del continente, por delante de Haití. Incluso si se aceptaran las cifras del Gobierno, Cuba se situaría en el puesto 21º de América Latina. El régimen se niega a calcular la pobreza con los métodos homologados. Aún así, un 46% de los habitantes de La Habana se consideran pobres o muy pobres.
Los subterfugios estadísticos no pueden ocultar la dimensión del naufragio. Esqueletos de fábricas e ingenios abandonados salpican el paisaje de la isla. La Habana languidece con sus edificios en ruinas. Los mercados están desabastecidos y la gente resuelve la comida en el mercado negro.
En 1958, Cuba producía casi el 80% de los alimentos que consumía y era el principal proveedor de hortalizas de EE UU. Hoy es al revés: la isla importa más del 80% de la cesta básica y la mayor parte de los alimentos viene de EE UU, quinto socio comercial de Cuba a pesar del embargo decretado en 1962. Actualmente, más del 50% de las tierras cultivables están ociosas. En 2007, la producción de azúcar se hundió a 1,2 millones de toneladas, la peor desde 1903. El turismo, las remesas de los exiliados y los subsidios venezolanos compensan el déficit de la balanza comercial.
Del deterioro no se libran ni los logros esgrimidos por la revolución. Si bien en los años cincuenta Cuba ya tenía la menor mortalidad infantil y uno de los índices más altos de alfabetización de Latinoamérica, la revolución extendió la educación y la salud a las zonas rurales. Hoy, casi la mitad de los 60.000 médicos está en las “misiones internacionales” pagadas por Venezuela. No hay ambulancias y los medicamentos escasean. La educación tampoco se salva de la debacle, debido a la masiva deserción del profesorado. Según el diario oficial Granma, las escuelas e institutos de La Habana tienen un déficit de 8.576 profesores.
En teoría, Raúl Castro es consciente del desastre, pero su aparente espíritu reformista tiene el contrapeso de su hermano Fidel, que “boicotea los cambios”, señala Carmelo Mesa. La revolución que prometió libertad e igualdad ha construido “una sociedad totalitaria e injusta”, dice Espinosa.
España-Cuba: Yo tuve una casa en la isla
IRENE G. VARA Actualizado Domingo, 28-12-08
Enlace con artículo original en ABC.es
Industrias de producción de alcohol, plantaciones de azúcar, una red de gasolineras y una constructora conformaban los negocios de los Arechabala, una familia de vascos que en el siglo XIX emigró a Cuba. Todo fue expropiado tras la revolución. Ocurrió meses después de la llegada al poder de Castro. «Mi familia y yo estábamos pasando las vacaciones de verano en España. Fue entonces cuando nos dijeron que las cosas se estaban complicando y ya no regresamos», explica José Manuel Arechabala, bisnieto del fundador de un imperio que incluía el célebre ron Havana Club.
El régimen saliente de la revolución se incautó de todos los bienes que existían en Cuba. Los españoles -un colectivo todavía muy destacado en la primera mitad del siglo XX, tras la independencia de la colonia española- fueron de los más perjudicados.
Estela González vive en Madrid y a sus 87 años recuerda muy bien cómo el gobierno cubano le expropió su casa y sus negocios. «Mi marido y yo teníamos la gestión de aprovisionamiento de buques y el bar del puerto de Cárdenas (en la provincia de Matanzas) -explica Estela-. Venían muchos barcos y fue un buen negocio». El régimen les dio dos opciones: permanecer como empleados o marcharse de la isla. «Nosotros no teníamos muchos bienes, pero había una familia en Cárdenas a los que les expropiaron muchas industrias, los Arechabala», añade Estela.
Y es que la empresa «José Arechabala S.A.» era muy conocida en Cuba. «Llegó a tener 1.200 empleados -matiza José Manuel Arechabala-. La fábrica estaba en Cárdenas, y las plantaciones de caña de azúcar en toda la provincia de Matanzas». José Arechabala y Aldama -bisabuelo del actual heredero- fundó en 1878 la destilería «La Vizcaya», que años después cambió de nombre. Sus hijos y más tarde sus nietos continuaron con el negocio. «La familia vivía entre Cárdenas y Varadero -recuerda José Manuel, que estuvo en Cuba hasta los 10 años-. Frente a la playa de Varadero teníamos dos casas, típicas de madera, de estilo colonial». También las perdieron tras la revolución.
Acuerdo entre Castro y González
Casi 30 años después de la revolución, en 1986, Felipe González -entonces presidente del gobierno- llegó a un acuerdo con Fidel Castro para indemnizar a los expropiados españoles. Cuba accedió a pagar algo más de 5.400 millones de pesetas como liquidación, en un plazo de 15 años; una cantidad bastante inferior a la solicitada por los afectados, unos 20.000 millones de pesetas. Una parte del pago se realizaría en efectivo (aproximadamente 1.800 millones de pesetas) y la otra en especie (aproximadamente 3.600 millones). Zumo, miel, café o sanitarios fueron algunos de los productos que Fidel Castro envió al estado español como pago a los expropiados.
El estado español adelantó el dinero a las familias -cerca de 1.500 solicitudes fueron aceptadas-, pero, a mediados de los años 90, Castro dejó de enviar dinero y bienes en especie al Banco de España. Todavía hoy Cuba no ha devuelto el dinero acordado. Desde el Ministerio de Asuntos Exteriores aseguran que los pagos están «paralizados», pero que ambas partes continúan negociando la deuda.
No todos los beneficiarios se acogieron a este plan de indemnizaciones. «Eran insignificantes -opina Javier Larrinaga, que hasta los dos años vivió en La Habana con su familia a la que el régimen expropió la industria siderúrgica que poseía-. Además, aceptar la indemnización significaba renunciar a poder recuperar nuestros bienes en un futuro».
De igual manera opina José Manuel Arechabala, al que le gustaría recuperar los negocios familiares. Los registros de propiedad y la fábrica familiar continúan existiendo, explica José Manuel, y añade que en los países del este de Europa «las propiedades fueron devueltas». «Mis hermanas y mis primos vemos con mucho cariño la posibilidad de volver a Cuba. Aunque sea a pasar los inviernos, que aquí hace mucho frío», bromea.
Cuando el socio es un dictador
Lunes 29, diciembre 2008
C. MUÑOZ
Enlace con el artículo original
Apasione o no a todo el mundo, lo cierto es que las empresas españolas ocupan un lugar preponderante en Cuba y apuestan por el futuro del país. «Si están es porque les interesa, esto no es un sacerdocio, su beneficio es suficiente y juegan a tenerlo mayor en el futuro», asegura el presidente del Comité Bilateral Hispano-Cubano, Juan Arenas.
Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, el régimen comunista de Fidel Castro se vio obligado a abrir la isla a otros países en busca de comercio, capitales y tecnología. Descartado, como es obvio, Estados Unidos por el embargo impuesto en 1962 por la Administración Kennedy, la mirada se dirige hacia Europa y, en concreto, a España por motivos históricos, culturales y familiares.
Hoy nuestro país es el principal inversor en Cuba. Aunque en un principio la apuesta la realizaron compañías medianas y pequeñas, a finales de los 90 las grandes firmas comenzaron a tomar posiciones estratégicas a largo plazo. Primero llegaron los acuerdos hoteleros. «El Hotel Meliá Las Américas se convirtió en 1989 en la primera empresa mixta hispano-cubana, luego aterrizaron la tabacalera Altadis, Repsol para una exploración petrolera que aún perdura y otras empresas de calado», explican fuentes diplomáticas españolas.
Las grandes inversiones se dirigen hacia el turismo, las finanzas, el tabaco, el agua y la energía. Iberostar, Barceló, NH Hoteles, Riu Hoteles, Aguas de Barcelona, Iberdrola, Caja Madrid, BBVA, La Caixa o Banesto, son otros de los ejemplos más conocidos. Sin embargo, la mayoría de las grandes compañías prefieren «no publicitar su presencia y actividad en la isla por razones objetivamente justificables, como el embargo de Estados Unidos», señalan fuentes empresariales que prefieren guardar el anonimato por «la prudencia y el morbo» que despiertan siempre las relaciones con Cuba.
Aumento de las exportaciones
Al mismo tiempo, las pymes continúan con sus negocios. Las exportaciones de firmas españolas a Cuba, al mes de octubre pasado, superaban los 800 millones de dólares (más de 555 millones de euros), un crecimiento en lo que va de año de en torno al 30 por ciento, según datos facilitados por el presidente de la Asociación de Empresarios Españoles en Cuba (AEEC), Víctor Moro. Esta organización hace las veces de cámara de comercio porque en la isla están prohibidas.
Los principales productos exportados en 2007 fueron maquinaria y equipamiento industrial, vehículos y repuestos, papel, muebles, pinturas y calzado… Mientras que entre los importados ese año aparecían el tabaco, el pescado y el ron, según datos de la Oficina Económica y Comercial de España en La Habana.
Aunque resulte «paradójico», las grandes inversiones se produjeron en el momento de «mayor exigencia en democracia y derechos humanos» por parte del Ejecutivo español, subrayan las fuentes diplomáticas. Es decir, durante el gobierno presidido por José María Aznar. Sin embargo, Víctor Moro es de la opinión de que los españoles han estado presentes en la isla «al margen de las relaciones bilaterales» y destaca que la «normalidad» actual «crea un buen clima para el trabajo de las empresas en Cuba».
Trabajadores explotados
No todo es de color rosa. Algunos portavoces de la oposición interna y del exilio en Miami consideran que, en la práctica, los empresarios españoles contribuyen a sostener al régimen castrista, aunque ése no sea su objetivo. Los inversores, a juicio de un destacado activista pro derechos humanos, participan en una «sobreexplotación» de los trabajadores cubanos, que cobran «salarios miserables y no tienen protección sindical». Las relaciones laborales en Cuba no son libres. Los empresarios contratan a los trabajadores cubanos a través del Estado, que les paga los salarios que recibe de los inversores extranjeros a un «precio local».
Otro destacado opositor apunta que «no fue lo mismo invertir en la España de Franco que hacerlo ahora en la Cuba de Castro; aquí con las empresas mixtas conviertes a la dictadura en tu socio», y advierte del «riesgo de demandas judiciales» cuando se produzca la transición hacia la democracia.
Lo positivo de toda esta situación es que «haya existido la posibilidad de generar recursos y empleos», matiza el diplomático español, que sostiene que tanto los cubanos como sus gobernantes se han beneficiado de las inversiones españolas. Mayores posibilidades habrá para todos sus ciudadanos cuando Cuba sea una verdadera democracia.